¿Qué es filosofar? (II)


Una reflexión desde Walter Benjamin

La existencia bien parece un pozo oscuro, resquebrajado e incoherente. El filosofar es la búsqueda del sentido al sin sentido, tras las sombras y las ruinas.  El arte, por su parte, es la búsqueda de una salida (¿o evasión, o lamento, o burla?) a tal absurdo; la religión y la política es la promesa de convertir el pozo en paraíso, sea en esta vida o en la otra; a la ciencia le basta con medir e instrumentalizar aquel pozo.

Todo a quien se le pregunte respecto a la verdad, no dudará en afirmar su valía y la necesidad de su prevalencia. No obstante, ¿cuántos estarán dispuestos a asumir la verdad y defenderla? Por lo general, la verdad no es sencilla, tampoco es fácil de sobrellevar. Es preferible una mentira lisonjera a una cruda realidad, pues transamos la verdad por un poco de seguridad… los engaños son cómodos, se ajustan a nuestros prejuicios, así que la realidad nos parece sólida, invariable, única y predecible… el suelo parece firme.

“Pero bueno –bien podría alguien objetar-, ¡qué de malo puede haber con el engaño…! Si finalmente la existencia es un pozo inmundo, ¿por qué no tolerarlo con adornos para así mismo sobrellevarlo?”

No es mala idea. Pero a pesar de tan sugestivo parecer, hay quienes se resisten. ¿Irracionales?, ¿subversivos?, ¿individuos molestos y sin oficio? ¿Desadaptados?

Cuenta una historia que hace muchos años había un Emperador aficionado a los trajes nuevos, que nunca escatimó en gastar lo necesario para vestir con la máxima elegancia. Cierto día llegaron dos truhanes, quienes prometieron confeccionar un magnífico traje al Emperador con cierta tela muy especial. Aquella tela poseía la estupenda virtud de presentársele invisible a todo quien fuese estúpido o inepto para ejercer su cargo. De esta forma, el Emperador pensó que podría tener un bonito traje nuevo, así como también saber quién de sus súbditos era estúpido e incapaz de ejercer su cargo.

Sin más espera mandó abonar un buen adelanto a los pícaros, quienes montaron un telar. Día y noche simularon trabajar arduamente en el traje. El Emperador impaciente envió a dos de sus ministros de mayor confianza. El primero de ellos, cuando llegado al taller de los supuestos sastres, quedó estupefacto al no ver ningún traje; pero prefirió admitir la finura de la confección y la belleza del dibujo bordado descrito por los truhanes. Días después el segundo ministro visitó el telar con el mismo resultado. Ambos llevaron buenas noticias al Emperador, quien ya no pudo resistir el entusiasmo y quiso verlo con sus propios ojos. Pero al igual que sus ministros, temió que lo llamaran tonto e inepto, así que apresuró pagar el saldo a los sastres y fijó la ocasión para lucir el nuevo traje a sus súbditos.

La noticia del nuevo traje del emperador era conocida por todos, incluyendo tan particular atributo. Así que cada quien estaba pendiente de su vecino para saber si era un tonto. Una vez el emperador inició el desfile ninguno de los asistentes vio el vestido, pero temiendo cada quien que su vecino le llamara tonto decidieron todos alabar el traje nuevo del Emperador. No obstante, de entre la multitud un niño gritó: “el Emperador va desnudo”.

Todos, asombrados con la inocencia del niño, reconocieron que el Emperador caminaba desnudo por en medio de la calle. Las burlas no se hicieron esperar y el Emperador avergonzado siguió su camino más altivo que antes, pues pensó: “Hay que aguantar hasta el fin”.

El anterior relato de Andersen (1837) contrasta dos realidades: una que llamaremos realidad real (sin temor a la redundancia) y una realidad imaginada. A pesar de que el Emperador caminaba desnudo, fue creada una realidad paralela en que el Emperador vestía un hermoso traje. Cada quien prefirió creer la realidad imaginada a pesar de la palmaria evidencia. Nadie estaba dispuesto a contravenir lo que todos afirmaban ver, a causa tanto del temor al ridículo como del posible desprecio de sus conciudadanos.

El niño[1]  como ser inocente, y por ello mismo franco, denuncia que la realidad que todos afirman no es verdadera, sino simulada, ajena y falsa. El final de este relato es benevolente, pues la vehemencia del niño se elogia. Pero no siempre será así, y es más, podríamos pensar que es una excepción.

Walter Benjamin murió en el intento de escapar de los nazis quienes le seguían los talones. La versión más aceptada es que se suicidó en Portbou (frontera hispano-francesa), ante el temor de que fuera detenido y enviado a un campo de concentración. Su historia no es ajena a su pensamiento y a la suerte de millones más durante la II Guerra Mundial.

No obstante, el destino trágico del filósofo no se limita al tiempo de Benjamin. En la alegoría de la Caverna, un prisionero se libera de sus cadenas y presencia la realidad tal como realmente es. Vuelve por sus compañeros a liberarles del mundo de las sombras, pero es asesinado por ellos mismos. Atenas condena a Sócrates a beber la cicuta, pues es claro que la filosofía no sirve para nada y a lo lejos se escucha el eco: ¡muera! (Lyotard, 1994, p. 146).

Pero si filosofar es una actividad inocua, ¿por qué la molestia de asesinar a Sócrates? Paradójicamente quien mejor conoce la respuesta no son los acusadores sino el acusado:

(…) recibí, varones atenienses, la siguiente impresión: me pareció, dialogando con él, que el tal varón parecía sabio a otros y aun a muchos hombres, y sobre todo se lo parecía a sí mismo; mas no lo era en verdad.

Intenté demostrarle que él se creía sabio, pero no lo era. Lo que conseguí fue volverme odioso a él y a muchos de los presentes (Platón, 1948, p. 9).

Bien podemos definir el filosofar como crítica de la realidad. Pero no cualquier crítica, sino entendida como deconstrucción de realidades imaginadas.

Por lo anterior es el filosofar una actividad peligrosa. El filosofar conlleva el riesgo a la ejecución, al destierro, o en el mejor de los casos, al ridículo o la marginalidad. Parece una afirmación exagerada, pero no lo es. Y no lo es porque quienes viven en las sombras se han acostumbrado a ella y la luz se les hace insoportable. El filosofar es peligroso porque de-construye la realidad sobre la cual la sociedad se fundamenta, y como sociedad, debe neutralizar y castigar (poner de ejemplo) cualquier amenaza a la estabilidad y existencia de la estructura social.

Una realidad imaginada no es peligrosa en sí misma, sólo lo es cuando es compartida por un colectivo (llámese ciudad, nación, sociedad, reino, partido, religión, fascismo…). El colectivo, en tanto estructura, no permitirá amenaza alguna a sus creencias que son en últimas la razón de su existencia.

Y es que ya decíamos que la existencia parece un pozo oscuro. Su incoherencia proviene de la pérdida de unidad y del sentido, y ello sucede cuando los contrarios han perdido su relación y su interacción; se han convertido en autónomos. “He aquí una respuesta clara a nuestra pregunta: ¿por qué filosofar? Hay que filosofar porque se ha perdido la unidad. El origen de la filosofía es la pérdida del uno, la muerte del sentido” (Lyotard, 1994, p. 101).

La vida de Benjamin se da en un periodo dramático de la historia. Las transformaciones ocurridas durante la primera mitad del siglo XX no tienen precedentes, no sólo en Europa sino en el mundo entero. La Gran Guerra[2] determinó la destrucción del imperio austro-húngaro, y con ello, la reconfiguración geopolítica del colonialismo del siglo XIX. Asimismo, ascienden en el escenario mundial nuevas potencias imperialistas no europeas (Estados Unidos y Japón). En 1917 se produce la revolución de octubre que llevará al poder a los soviets y la declaración del primer estado obrero. Más adelante surgirá el fascismo en Italia y el nazismo en Alemania, y la consecuente persecución al pueblo gitano, a los opositores políticos, a los comunistas y a los judíos. Benjamin como judío y como comunista sufriría la persecución y el exilio, pues luego del 30’ jamás volvería a Berlín.

En resumen, es una época que ha perdido su unidad y los contrarios se han convertido en autónomos. Así, el “otro” pierde todo valor; el sentido uniforme del nacional socialismo exige eliminar cualquier diferencia en pos del partido único. El di-senso y la dis-cordia llegan a tal punto que eliminar al “otro”, al “diferente”, es una cuestión de supervivencia.

Y es en este escenario en que el filosofar se vuelve más necesario que nunca: de-construir la realidad imaginaria que ha llevado a la barbarie.

Pero, ¿cómo ha sido posible llegar a tal estado de barbarie? Rastreando el pensamiento de Benjamin, nos han inculcada una realidad imaginaria que llamamos modernidad. Pero tal realidad imaginaria no es casual, es el resultado del capitalismo como sistema económico y de la burguesía como clase dominante. De-construir la ideología dominante significa la batalla contra la barbarie, la lucha contra el opresor es la lucha contra todos los opresores de la historia y la redención de los vencidos.

El traje nuevo del Emperador que la modernidad ofrece es la preeminencia de la razón y el progreso. La razón exige que todo lo anterior a ella sea desterrado, todo pensamiento mítico y subjetivo no es más que expresión de una realidad imperfecta que la razón sabrá restablecer. El progreso expresa el destino natural de la humanidad. La historia en sentido ascendente promete más y mejor. Y como destino arrastra al género humano sin excepción, pues quiérase o no, el progreso nos lleva como el planeta lo hace alrededor del sol. Tan es así que han dividido la humanidad en “países desarrollados” y países sub-desarrollados”, denotando con ello que de una línea recta los primeros llevan la cabeza, pero que inexorablemente los otros les seguirán.

Esta verdad es tan evidente, nos dicen, que quien se oponga a ella es un tonto y un riesgo para el género humano, pues se convierte en obstáculo al progreso. Y como cualquier obstáculo, debe eliminarse o simplemente hacerse a un lado.

El ángel [Angelus Novus] quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de ruinas crece ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso (Benjamin, 2010, p. 24).

En el pensamiento de Benjamin confluyen dos fuentes: el mesianismo y el marxismo. En apariencia son dos estructuras de pensamiento completamente diferentes, y hasta opuestas. Pero este punto ya nos habla en profundidad de Benjamin, pues a partir de lo múltiple, lo diverso, y si se quiere, lo contrario, intenta restablecer la unidad perdida. “Distante de todas las corrientes y en el cruce de dos caminos” (Lowy, 1989).

Es imposible enmarcar a Benjamin en una corriente definida, porque jamás se “afilió” a ninguna. Como filósofo, bien sabía Benjamin que todo ideal convertido en dogma, toda sujeción del colectivo al individuo es la creación de realidades imaginadas. Así que prefiere mantenerse al margen, errar aquí sin ser de allá y permaneciendo en ningún lugar. Tomó distancia del sionismo, pues para Benjamin el pueblo judío no necesita un territorio, sino que tras la diáspora su único territorio es el libro y la integración en la sociedad europea.

Igualmente, Benjamin es consciente del peligro de la social democracia y el dogmatismo del marxismo “oficial”.

En la representación de la sociedad sin clases, Marx secularizó la representación del tiempo mesiánico. Y es bueno que haya sido así. La desgracia empieza cuando la socialdemocracia eleva esta representación a “ideal”. El ideal fue definido en la doctrina neokatiana como una “tarea infinita”. Y esta doctrina fue la filosofía escolar del partido socialdemócrata –de Schmidt y Stadler a Natorp y Vorländer-. Una vez definida la sociedad sin clases como tarea infinita, el tiempo vacío y homogéneo, se transformó, por decirlo así, en una antesala, en la cual se podía esperar con más o menos serenidad el advenimiento de la situación revolucionaria (Benjamin, 2010, p. 40).

En las palabras de Benjamin hay cierta nostalgia, pues de una teoría libertaria se transforma en dogma. Es la salida de una prisión con la promesa de entrar a otra. Y Benjamin no quiere cambiar de carcelero, sino que por el contrario, de-construir al carcelero.

Por otro lado, la influencia del mesianismo la recibe de su amigo Gershom Sholem, un reconocido estudioso de la cábala judía. Realizar un mapa del mesianismo no es posible en tan corto espacio, sin embargo, dos palabras son claves para entender el filosofar de Benjamin: shevira y tikún olam[3].

En primer lugar, shevira traduce “rotura de los vasos”. Al momento de la creación, la luz divina emanaba por todo lo creado. Luego sobrevino el Tsimtsum (retirada de la luz) para que lo creado pudiera tener autonomía y la luz divina fue recogida en los vasos. No obstante, uno de los vasos, el de más abajo, se resquebraja dejando salir la luz que contenía. De esta forma, sucede algo no previsto por el creador y es el descenso de los mundos originarios. Parte de la luz divina junto con los fragmentos del vaso se convierte en lo que nosotros conocemos como materia.

Tal rotura de los vasos crea un mundo distinto del que la divinidad había previsto inicialmente. Por ello, es necesario restablecer el orden, dentro de lo cual la acción del hombre influye en este proceso. El hombre pío y religioso, santificándose y santificando el mundo, podrá completar el Tikún olam o restauración (Tresoldi, 2007, p.69).

Como vemos, el mundo desde su creación ha sufrido una ruptura de su unidad. Pero tal ruptura no es absoluta, pues sentimos la falta de esa unidad y así mismo, la necesidad de restaurar esa unidad. Bien le decía Diótima a Sócrates, la sabiduría se encuentra a mitad de camino y cada quien busca de lo que es falto.

El filosofar de Benjamin pone en evidencia la ruptura, y el filosofar constituye, entonces, la manera de restaurar la unidad. Por otro lado, en el proceso de restauración influye la acción de cada hombre, con lo cual, hay una exigencia al individuo, más que al colectivo (como es el caso de la socialdemocracia).

Como decíamos anteriormente, el filosofar de Benjamin se identifica con la de-construcción de la realidad. Es decir, de-construir la “realidad imaginada” y llegar así a la “realidad real”, en la cual se encuentra la unidad tras el aparente caos.

Ahora bien, dejado sentado lo concluido hasta el momento, se desprende un nuevo aspecto: ¿quién filosofa? Decíamos que cada hombre en su acción influye en el proceso de restauración, así que el filosofar no se restringe únicamente al “filósofo”. Por el contrario, el filosofar recae en cada quien. No es casual que Benjamin no se llamara a sí mismo filósofo, pues ello significa la amplitud del término. Así, el filosofar se corresponde con el sujeto en su realidad histórica.

¿Alguien sin el título de “filósofo” puede filosofar? Es más, ¿puede acaso alguien iletrado filosofar? Claramente sí, ya que cada quien hace parte de su propia realidad histórica. Obviamente el filosofar no es automático, sino que por el contrario requiere de un esfuerzo y un trabajo para llegar a él. Tal esfuerzo o trabajo se refiere a la manera en que el filosofar implica sumergirnos en la realidad, develar las mentiras y denunciar la barbarie.

Por lo anterior, el filosofar es realizado por el artista, el activista político y el científico (social o natural). El artista, por ejemplo, aunque pueda que no sea consciente de ello, toma la realidad como objeto y la transforma, la metaforiza y la imagina desde diferentes perspectivas. Al hacerlo, la desnuda y ante el espectador le muestra lo que no se le ha permitido ver.

El activista político, por su parte, es inconformista con su realidad, quiere transformarla. Sabe que tras el caos existe una situación de unidad, y a la cual pretende llegar. Respecto al científico, es su afán de entender el mundo y al hombre, donde es capaz de romper las ataduras de la realidad imaginada. Si la tierra no es el centro del universo, entonces la tierra no es el centro del universo; no importa si al remarcar esta idea el aparto ideológico de la iglesia (y por tanto su poder) se viene abajo, o por lo menos, se cuestiona.

No obstante, hemos hablado de sólo una parte de los artistas, de los sujetos políticos y de los científicos. También se pone en evidencia los sujetos que no de-construyen su realidad histórica, sino que por el contrario la construyen.

Por ejemplo, es muy diferente el revelARTE y el acostumbrARTE. Ambos se considerarían arte, pero sus intenciones serán diametralmente expuestas. Cuando el papa Julio II encargó a Miguel Ángel decorar la bóveda de la Capilla Sixtina, lo hizo con la intención de reforzar la fe, las creencias del pueblo y el poder de la iglesia. Por el contrario, el expresionismo deforma la realidad, pues su intención es expresarla de forma subjetiva. Esta intención obedece a la ruptura que se hace con el racionalismo y la pretensión de objetividad dominante de la modernidad. Es decir, hay un tipo de arte que busca acostumbrar al espectador a la versión oficial de la realidad, mientras que otro tipo de arte se revela a tal versión y la destruye. Este último arte es peligroso, pues no en vano durante la dictadura los artistas son perseguidos y reprimidos.

Encontramos asimismo esta situación tanto para el sujeto político como para el científico. En caso del primero es evidente en la socialdemocracia. Por medio de su actividad política dicen prometer una salida a todos los problemas, pero su actividad se inscribe al interior de esa realidad imaginada de la cual quiere sacar provecho.

En relación al científico también podemos evidenciar la construcción de realidades imaginadas. Por ejemplo, el pensamiento económico de Keynes se construye sobre la base de salvar y “optimizar” el capitalismo. Él mismo lo acepta, pues ante el resultado de la Gran Guerra y el crack financiero del 29’, es consciente que el sistema requiere de la intervención activa del estado con el fin de preservar la estabilidad y desarrollo del sistema. Así, Keynes no busca de-construir la realidad, por el contrario, su pensamiento (y la consecuente política económica derivada de éste), pretende que el sistema económico del cual hace parte no se derrumbe. Y ello no es de extrañar, pues él pertenece a la clase privilegiada de la sociedad que se beneficia del sistema económico imperante.

Keynes es un ejemplo, pues la economía moderna que predomina en los centros de enseñanza busca regular la realidad para que esta no cambie. Por ejemplo, la pobreza es resultado directo de las relaciones sociales de producción. Pero una situación grave de pobreza puede ser un factor que coloque en riesgo la reproducción del sistema, así que será necesario mitigarla o restar su posible efecto. Es decir, tratar los síntomas pero jamás la causa del problema.

Ahora bien, si comparamos estos dos opuestos de construir y de-construir, resalta que este último implica ir en contra de lo establecido, y por ello, resulta difícil, agotador y peligroso. Si lo dicho es verdad, cómo es posible que alguien filosofe si en apariencia va en contra del beneficio propio. Hay una respuesta: el deseo. El filosofar pertenece al deseo, tal como nos lo dice Lyotard. En la obra del artista, del escritor o del filósofo impera el deseo. En Benjamín, es ese deseo propio de la indignación ante la barbarie que alza su voz, así como de todos aquellos que inconformes se dejan ver, de-construyendo realidades a pesar de la situación de peligro.

Así, filosofar, visto desde Benjamin, es de-construir y desentrañar la realidad aparente.

¿Existe una realidad verdadera, objetiva y única? ¿El filosofar nos lleva a la realidad absoluta? No creo. Pretender tal empresa nos pone en riesgo de fabular, y de fabular a imaginar realidades falsas; y es precisamente de la falsedad que se alimenta la barbarie.

REFERENCIAS

Benjamin. W. (2010). Tesis de filosofía de la historia. México D.F.: Ediciones desde abajo.

Lowy, M (1989). Redencao e utopía. Sao Pablo: Editorial Schwartz.

Lyotard, J. (1994). ¿Por qué filosofar? Barcelona: Ediciones Altaya.

Platón (2003). Apología de Sócrates. Barcelona: Gredos.

Tresoldi, R (2007). La Cábala. Barcelona: Editorial De Vecchi.


[1] La figura del niño no debe pasar desapercibida. Nietzsche nos habla de la transformación del espíritu: primero en camello, luego en león y, por último, en niño. El camello se refiere al espíritu que admira, con grande ideales y grandes maestros. En contraste, el león se rebela en oposición a la creencia y a la autoridad. Pero cuando el espíritu se convierte en niño, es inocencia y olvido, una potencia positiva.

[2] Nosotros la conocemos como la I Guerra Mundial, pero ello es de cierta forma una tiranía del presente en relación al pasado, pues para quienes la vivieron no fue la “primera”, sino “La Gran Guerra”.

[3] La explicación seguida de los términos se basa en las definiciones dadas por Scholem, dado que existen diferentes interpretaciones en la historia de la cábala judía.

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