Meditaciones metafísicas, Descartes (1641)


En las Meditaciones metafísicas son dos las cuestiones que Descartes pretende probar: la existencia de Dios y la diferencia real entre el alma y el cuerpo. Así, como el mismo admite en el prólogo de la obra, da respuesta a dos objeciones que ya había recibido respecto a su filosofía:

  1. El pensar como única naturaleza del alma. Como él reconoce no ha sido su intención afirmar que la única realidad del alma sea el pensamiento, pero que debido al curso mismo de la argumentación sí afirma que la esencia del alma es pensar, en tanto que no conoce alguna otra.
  2. Poseer la idea de una cosa más perfecta que yo no implica que tal cosa exista. Ahora bien, en esta obra Descartes se propone demostrar que al tener la idea de la cosa más perfecta se sigue que esa cosa existe verdaderamente.

Primera meditación:

Es muy común considerar opiniones como verdaderas pero que en realidad son falsas. Todo cuanto tenemos por seguro y verdadero lo hemos aprendido de los sentidos. Pero los sentidos nos engañan, y todo lo que nos ha engañado alguna vez debe ser descartado como fuente de lo verdadero. Pero podemos ser engañados no solo por los sentidos sino por otras muchas cosas más. Por ejemplo, un “genio maligno” que me engaña hasta en el presupuesto más elementos de que dos y tres suman cinco; todo cuanto experimentamos podría ser sólo un sueño. Siendo esto así , ya no puedo estar seguros de la veracidad de mis opiniones ni de la exactitud de las demás ciencias.

¿Cómo podríamos llegar a tener una certeza indudable del conocimiento y de nosotros mismos? Sólo es posible lograr un conocimiento cierto si en primer lugar ponemos en duda todo en cuanto asumimos por cierto. Y a partir de allí examinar los fundamentos y por camino recto ir reconstruyendo todo el edificio del conocimiento.

Segunda meditación:

Si hemos puesto todo en duda, es necesario encontrar al menos una cosa que sea cierta e indudable, para que como punto de apoyo fuerte e inmóvil sirva de fundamento a todo lo demás.

Antes que nada soy algo que está pensando. Aun si soy engañado en todas mis percepciones y pensamientos soy algo que es engañado. Siendo esto innegable queda como fundamento que “soy yo, soy algo”. Soy una cosa que piensa; que duda, entiende, concibe, afirma, niega, quiere, imagina y siente. A lo menos, es cierto que me parece que veo luz, oigo ruido y siento calor; sentir no puede ser falso y esto es a lo que hemos de dar el nombre de “pensar”. Por este camino es que empezamos a conocer quiénes somos con mayor distinción y claridad que antes.

Pero aun puede parecer que hay cosas más evidentes de conocer como son los cuerpos extensos. Pensemos en una cera que en principio es dura, con olor, textura, dureza, y una serie de cualidades físicas bien definidas y distintas entre sí. Ahora, si la derretimos a través del calor encontramos que esas propiedades que tan claramente diferenciábamos en la cera cambian. El olor se ha ido, el color cambió y la figura se perdió (aumentó su tamaño y se hizo líquida). ¿Es la misma cera? Ciertamente sí.

Permanece, a pesar del cambio, la extensión. Pero todas las otras propiedades que he notado por medio de los sentidos han cambiado siendo que la cera como tal permanece. De esta forma entendemos que a pesar de percibir de forma clara y distinta la cera, no es ella misma las propiedades que yo le he concebido en un primer momento.

Ahora bien, si juzgo que la cera es o existe por que la veo, se sigue con más claridad que yo existo porque soy yo quien ve la cera. Es decir, me conozco con mayor evidencia, claridad y distinción al indagar las razones que me sirven para conocer y concebir la naturaleza de cualquier cuerpo. No hay nada más fácil (y seguro) de conocer que mi propio espíritu.

Tercera meditación:

¿Cómo puedo estar seguro de algo una vez que hemos puesto todo en duda, salvo que soy algo que piensa? Suprimir esta duda implica la necesidad de probar, no solamente la existencia de Dios, sino que no es un Dios engañador.

Las ideas, como contenidos de la mente, pueden discriminarse según la “realidad objetiva” que tienen en sí mismas. De esto, se sigue también que debe haber tanta realidad en la causa eficiente y total como en el efecto (el efecto obtiene su realidad de la causa). No es posible que de lo menos perfecto se siga algo más perfecto; sólo lo más perfecto causa lo menos perfecto.

Es evidente que poseo la idea de Dios, por la cual lo concibo como soberano, eterno, infinito, inmutable, omnisciente, omnipotente y creador. Esta idea tiene ciertamente más realidad objetiva que aquellas otras que representan cosas finitas. Ahora bien, como yo soy un ser mortal, finito, mutable, falible y limitado, no es posible que sea capaz de concebir una idea más perfecta de las que yo puedo tener de mí y del mundo. Así, no soy causa de la idea de Dios sino que ésta debe ser causada por una causa al menos con tanta realidad objetiva como la idea misma. Se entiende de lo anterior que es Dios la única causa posible de la idea que tengo de Dios, y por lo mismo, se demuestra que Dios existe como ser formal o actual (no en potencia).

Podemos pensar en una segunda prueba de Dios: mi propia existencia. Si yo fuera el autor de mi existencia sin duda no carecería de ningún atributo o perfección, en tanto que de todas ellas tengo alguna idea. Pero resulta que soy imperfecto y no siento en mí el poder para conservarme en el tiempo (que viene a considerarse el mismo poder de mi propia creación). Se sigue, por tanto, que mi creación y conservación en el tiempo depende de otro ser diferente de mí.

Quizá se piense que yo he sido creado por otra causa, la cual según lo dicho debe ser más perfecto de lo que yo soy. Se preguntará a su vez si esa causa más perfecta que yo existe por sí o por otra, a lo cual se responderá que si ha sido creada por otra no es perfecta, y así hasta llegar a Dios como causa última. En resumen, puesto que existo y poseo la idea de un ser sumamente perfecto, queda demostrada la existencia de Dios, el cual por las cualidades que concibo en él no es engañador, por ser el engaño fruto de un defecto.

Cuarta meditación:

¿Cuál es la naturaleza del error? Es claro que Dios no me engaña no por que no pueda, sino porque el engaño es una imperfección que es contraria a su naturaleza. Pero asimismo si Dios me creó y no es engañador, se sigue que no puedo nunca equivocarme pues todo lo que hay en mí viene de Dios y él no me ha dado ninguna facultad de errar. Pero aun así me equivoco.

Es claro que me veo como un término medio entre Dios y la nada. El error como tal no es derivado de Dios y por ello no es real, sino un defecto debido a que la potencia que Dios me dio de discernir lo verdadero de lo falso no es infinita en mí.

El error depende del concurso de dos causas: la facultad de conocer (entendimiento) y la facultad de elegir (voluntad). La voluntad es por sí misma más amplia y perfecta que el entendimiento, y abarca no sólo a las cosas que entiendo sino también a las cosas que no entiendo. Hasta el momento entiendo con claridad que existo y la idea de Dios, y de todo lo demás aún no tengo un conocimiento certero; así que me abstengo de inclinarme por afirmar o negar ciertas ideas. Pero hay un mal uso del libre albedrío al afirmar o negar algo de lo cual no tengo una idea clara y distinta, y de ahí surge el error. Por ello, el conocimiento debe preceder siempre a la determinación de la voluntad.

Quinta meditación:

Una vez que es claro y distinto que existo, así como de la perfección de Dios que por ésta misma existe, queda el resto de las cosas existentes por fuera de mí. Debido a que hemos puesto en duda toda aquello que pertenece al mundo, el siguiente paso es liberarme de todas esas dudas y construir un conocimiento cierto de las cosas existentes.

Sólo las cosas que concibo de forma clara y distinta tienen la suficiente fuerza para persuadirme lo suficiente para aceptarlas como verdad. Y habiendo conocido a un Dios del que todas las cosas dependen, y que no me engaña, una vez que concibo alguna cosa clara y distintamente no hay nada que pueda persuadirme de lo contrario. Tengo allí una ciencia verdadera y cierta. Así, el conocimiento de Dios me brinda el modo de adquirir una ciencia perfecta sobre infinidad de cosas, no sólo de las que están en Él, sino también de las que pertenecen a la naturaleza corporal.

Sexta meditación:

Sólo resta por determinar la existencia de cosas materiales afuera de mí. Para ello, lo primero es diferenciar entre la imaginación y el intelecto, pues en el primero encuentro una contención del espíritu, la cual no encuentro en el entendimiento. Puedo imaginar y concebir un triángulo de tres lados, mientras que a un polígono de mil lados lo puedo concebir pero jamás imaginar. Advierto también que la facultad de imaginar no es esencial a mi espíritu sino que está más relacionada al cuerpo y es conforme a la idea que se ha hecho de los cuerpos a partir de los sentidos. ¿De las ideas que recibo en mi espíritu por medio del sentir como modo de pensar podré obtener una prueba cierta de la existencia de las cosas materiales?

En principio di crédito a las sensaciones que me eran ofrecidas por los sentidos. Reconocía que los objetos eran cosas por completo diferentes a mí, pues en su presencia las imágenes eran más vívidas que si las imaginaba simplemente. Llegué a considerar que los objetos son semejantes a las ideas que causan en mi espíritu; y que toda idea hubo de pasar primero por los sentidos.

Sin embargo, varias experiencias echaron por tierra esta confianza hacia los sentidos y de la existencia de los cuerpos externos. Por una parte, los sentidos engañan al momento de creer percibir una cosa y luego cerciorarse que no era tal sino de otra forma. Incluso, de gente que aún careciendo de una extremidad la siente como si aún la tuviera. Por otra parte, también estando dormido he creído que lo que veía era cierto e independiente de mi espíritu. Puede ser que poseo alguna facultad desconocida para mí que sea la causa de las imágenes de los objetos que creo que existen fuera de mi espíritu.

Pero ya que me conozco mejor y al autor de mi ser, no debo admitir temerariamente que, o bien los sentidos siempre nos engañan y que todo ha de permanecer en duda, o bien que deba fiarme sin reserva de lo que los sentidos parecen mostrarme. Si puedo concebir algo claro y distinto de otra cosa es forzoso juzgar que son diferentes entre sí. Si concibo que mi esencia es ser algo no extenso e indivisible que piensa y que estoy unido a un cuerpo extenso y divisible que no piensa, es cierto que mi alma, lo que yo soy, es entera y verdaderamente diferente a mi cuerpo.

Encuentro varias facultades de pensar, como imaginar y sentir, esto es, de recibir y reconocer las ideas de las cosas sensibles. Pero dado que yo soy algo no extenso e indivisible no poseo la facultad activa de percibir tales sensaciones. Es necesario, por lo tanto, que se halle esa facultad en alguna otra sustancia diferente de mí, la cual contenga la realidad que objetivamente hay en las ideas de lo sensible. Así, y teniendo en cuenta que Dios no nos engaña, es preciso concluir que todo lo que percibimos clara y distintamente de las cosas corporales están verdaderamente en el cuerpo.

Si bien el cuerpo, y la naturaleza humana que es finita, algunas veces nos da percepciones engañosas y falsas, enseñan con mayor frecuencia lo verdadero. Por ello, y ayudado siempre por la memoria para enlazar, juntar y contrastar los conocimientos presentes con los pasados, y descubiertos las causas de mis errores, deberé rechazar las dudas expuestas aquí, por hiperbólicas y ridículas.

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