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Significados y potencia de la literatura

El arte de escribir en veinte lecciones, Antoine Albalat


Antoine Albalat (1856-1935) fue un escritor, crítico y ensayista francés. En el medio hispanoamericano es poco conocido, aunque sea la presente obra una excelente oportunidad para saber de él.

El arte de escribir en veinte lecciones (?) ha sido el único título traducido al español de este autor que he podido encontrar tanto en internet, como en bibliotecas y librerías, lo cual me sorprende puesto que su obra en francés es amplia e interesante.

En mi opinión, es el mejor manual de escritura que he leído, junto con Mientras escribo de Stephen King. Muchos tal vez piensen en Ángel Zapata, sin embargo, y sin desmeritar la claridad de su libro La práctica del relato, no llega tan profundo al corazón de la cuestión de escribir.

Este libro va más allá de un simple manual de taller. Por el contrario, es un tratado práctico con observaciones derivadas de su experiencia como lector y narrador. En lugar de reglas, ofrece consejos flexibles con un lenguaje sencillo y directo. Una debilidad, a mi modo de ver, se limita a solo autores franceses, dejando toda la riqueza literaria de otras lenguas.

Como su título lo indica, el libro se estructura en veinte lecciones que tocan aspectos muy específico del arte de escribir. No obstante, me permito hacer una cierta agrupación de estas lecciones en temas más generales, con el fin de realizar una radiografía más concisa. Así,

  • Sobre el arte de escribir: cómo enseñarlo y lograrlo (Lecciones I y II).
  • Sobre la lectura: qué leer y cómo se debe leer (Lección III).
  • Sobre el estilo: qué es el estilo, condiciones y cómo perfeccionarlo (Lecciones IV a VIII).
  • Sobre la composición: desde la concepción de una idea hasta la reescritura, pasando por obtener la unidad por sus partes y el modo de expresarse (Lecciones IX a XII).
  • Sobre la elocución: cómo expresarse, estructura de la narración, descripción e imágenes (Lecciones XIII a XVIII).
  • Sobre el diálogo (Lección XIX).
  • Sobre el género epistolar (Lección XX).

Sobre el arte de escribir

Las dos primeras lecciones sirven a manera de introducción al propósito del libro y discute respecto a la posibilidad de enseñar a escribir. En la primera lección responde a cuestiones tales como si toda persona es capaz de escribir, si es posible enseñar y cómo lograrlo. En general, todos tenemos la capacidad de escribir, de manera similar a como todos podemos hablar. Así mismo, es cuestión de trabajo, dedicación y un poco de guía.

En la segunda lección afirma la importancia de crearse un estilo, de que cada quien se conozca literariamente. Esto no es espontáneo sino que tomará su tiempo, con base en el trabajo. No intenta imponer un estilo, sólo brindar ciertos preceptos comunes a todos los estilos con el fin de lograr el propio.

Sobre la lectura

Plantea dos cuestiones: ¿Qué leer? y ¿Cómo leer?

Lo ideal no es leer autores “perfectos” o muy bien logrados. Es recomendable leer autores que muestren la arquitectura interna de su obra. Esta clase de autores brindan una excelente escuela para aprender el arte de escribir. Albalat recomienda los siguientes:

  • Homero por el poder se sus descripciones.
  • Montaigne por el desarrollo que logra de un pensamiento.
  • Guez de Balzac por su retórica.
  • Bossuet “el divino”, el más recomendable de todos. Leer su obra Los Sermones.
  • Rousseau por posser una forma asimilable.
  • Chateaubriand, padre de la escuela contemporánea. Leer Memorias de Ultratumba que a consideracion de Albalat es el libro más hermoso del siglo XIX.

Ahora bien, una cosa es elegir la lectura adecuada, pero otra muy diferente es leer bien. Leer bien es fijar y retener el contenido de lo leído. La forma más efectiva es a través de la redacción de notas de lectura. Albalat nos dice que leer sin tomar notas no es leer.

Y ¿cómo tomar notas? Albalat recomienda el uso de fichas arregladas por autor y obra. Hoy día tenemos la facilidad de los medios informáticos, tales como programas de texto, programas de diagramas lógicos, blogs y páginas web donde podemos ir colocando las anotaciones que hagamos de nuestras lecturas. Las fichas cumplen tres funciones:
  1. Notas de erudición: recordar lo que se ha leído.
  2. Citas sobresalientes: consignar extractos impactantes y muy bien logrados.
  3. Transcripción de nuestros propios juicios: conservar las impresiones surgidas de nuestra lectura. Ayuda a una mejor asimilación de nuestras sensaciones y pensamientos frente a lo leído.

La anotación debe ser en lo posible instantánea porque el olvido actúa de manera rápida.

En tales notas debe uno preguntarse por el estilo, fuerza y concisión de la obra. Cómo y por qué logra imprimirle vida, dónde está el movimiento, el color y las transiciones. Cómo logra ir del punto A al punto B, los giros de la escrutura y otros modos de cómo pudo hacerlos.

Por último, recomienda tres ejercicios útiles que se desprenden de la lectura:
  1. Realizar comparaciones entre autores. Observar la solución o tratamiento de cada autor frente a temas o situaciones similares.
  2. Pastiche, o imitación de autores y pasajes. Aprender a imitar es evitar a imitar, sentencia.
  3. Transposición: colocar en prosa lo que está en verso, y poner en verso lo que está en prosa.
Sobre el estilo

El estilo se refiere a la forma personal de escribir y exponer los propios pensamientos. En estas lecciones expone las características esenciales a un buen estilo, así como la manera de hacerse con uno propio y bien logrado.

El estilo es la manera en que encontramos giros, matices o imágenes en las ideas, en las palabras y en su relación entre sí. En el estilo hay orden y movimiento. El primero se refiere a la manera en que organizamos el texto, la disposición de todas las piezas; mientras que el segundo se refiere a la creación de palabras e imágenes, de la intensidad, el efecto y el relieve del texto.

En este libro encontramos una idea fascinante y que en mi opinión constituye la columna vertebral del arte de escribir. Nos dice Albalat que fondo y forma son uno solo. Las divisiones entre los dos no deja de ser artificial y hasta nociva. Y no exagero con fascinante, puesto que nos descubre que “la forma modifica la idea”. Es decir, la forma en que construyamos la frase, las palabras elegidas, el matiz con que se presentan las ideas, la manera de organizar los elementos… todo ello afectará el cuerpo y sustancia de la idea. El reto, el verdadero trabajo de escribir, creo que será entonces lograr la mejor correspondencia posible entre lo que queremos expresar y la forma en que lo expresamos. Son uno, ancho y reverso; no podremos verlas de ahora en adelante como asuntos separados.

Un buen estilo tiene las siguientes condiciones o cualidades:

  1. Originalidad: se resume en huir de los lugares comunes, evitar el cliché y el adorno preconcebido. Por el contrario, hay que explorar e inventar la propia palabra, el giro característico y único. La cuestión es expresar con palabras la visión propia del mundo que cada uno tiene y que es irrepetible. Se debe encontrar la palabra justa, natural, sencilla, propia y exacta, eso constituye el relieve.
    La naturalidad produce la impresión de que se ha escrito sin mayor trabajo y que por ello cualquiera puede hacerlo. El ideal es poseer sencillez y relieve: “Hay un arte de parecer sin arte”, Cicerón. “El arte convertido en costumbre”, Condillac.
    Ciertos vicios afectan la originalidad y la naturalidad: los epítetos, adjetivos implícitos en el sustantivo, y la perífrasis, decir algo con más de lo necesario y con estilo rebuscado.
  2. Concisión: es el arte de encerrar un pensamiento en el menor número de palabras. Lo que importa es encontrar intensidad, no prolijidad. Las mayores cualidades serán la brevedad y la sobriedad.
    Por otro lado, las frases deben presentarse de manera lógica y consecuente con sus predecesoras y con el texto como un todo. Deben parecer engendradas, no injertadas; deducidas, no yuxtapuestas.
    Se debe cuidar el uso de las conjunciones como forma de encadenar las frases, puesto que una debe seguir a la otra sin fricción. El abuso de las conjunciones puede dar la idea de que las frases están atadas artificiosamente. No hay que olvidar que las frases deben seguir el curso natural del pensamiento.
  3. Armonía: es el sentido musical de las palabras y de las frases. Es el arte de combinarlas para que sean agradables al oído. “El más noble pensamiento no puede agradar al espíritu cuando se hiere al oído”, Boileau. La armonía era conocida entre los griegos como el ritmo y entre los romanos el numerus.
    En relación a las palabras, hay que abstenerse de todo choque en el sonido y disonancia. Evitar asimismo el predominio de las consonantes fuertes, la repetición de algunas vocales, el excesivo número de monosílabos, etc… Buscar, en definitiva, la fluidez musical, mezcla acertada de vocales y consonantes, largas y breves.
    En cuanto a las frases, la armonía se ofrece por medio de la cadencia y el periodo. El primero se refiere a cuando la frase está construida de un modo amplio, según las exigencias de la respiración. El periodo, es la frase dividida en varios miembros (los que pueden subdividirse en frases e incidentes) y cuyo sentido completo está suspendido hasta un último y perfecto descanso.
    La construcción de la frase debe seguir dos condiciones. a) La lógica: construir las frases según el orden natural del pensamiento, el sentido lógico y la gramática (sujeto, verbo y predicado). b) El equilibrio: mantener la misma proporción entre los miembros de la frase y entre un mismo periodo.
    No obstante su importancia, la armonía es una cualidad complementaria, pues la base sólida debe ser la originalidad y la concisión. Albalat recomienda leer a Chateabriand, Bossuet, Buffon y Flaubert.
Sobre la composición

Ya entramos en terreno de la composición literaria. Podemos distinguir tres etapas claras en el proceso de escribir: un antes, un durante y un después. El primero se refiere a la invención, el segundo a la disposición y el último a las re-fundiciones.

  1. La invención: es el arte de encontrar ideas, arreglarlas y expresarlas de manera coherente e interesante. Pero advierte que a esas ideas, por buenas que creamos que son, es necesarias meditarlas antes de sentarnos a escribir. Darle mil vueltas y repasarla cuantas veces sea necesario. No se escribe bien hasta que no se sienta bien, sentencia.
    “Por no haber pensado bastante sobre un tema es por lo que el autor se ve embarazado para escribir” Buffon.
    Albalat recomienda encontrar temas cercanos sobre los que escribir. Argumenta que escribir es al final un tema de sensibilidad, de empatía del autor hacia los personajes… debe sentirse el viento, la lluvia, la desesperación, las dudas y las alegrías. Pocos podrían rebatir tal idea. Sin embargo, creo que no es necesario limitarnos a lo que nos es conocido, para eso podemos hacer uso de nuestra imaginación para crear mundos nuevos y situaciones lejanas.
    Y para alimentar nuestra imaginación nada mejor que leer, y leer mucho. También se hace necesario observar la realidad que está a nuestro alcance: las situaciones, conflictos, personajes y diálogos… no siempre la imaginación estará al 100%.
  2. La disposición: se refiere al arte de ordenar lo que se va a escribir. Determinar de antemano el orden, la jerarquía, valor y extensión de los elementos de manera lógica, progresiva, consecuente e interesante.
    Toda obra literario busca la unidad, o en otras palabras, toda sus partes tienden a un efecto general. Pero incluso en esa generalidad se requiere cambio de matices; son necesarios los detalles y los incidentes que den relieve y vida… en una palabra: variedad.
    ¿Cómo conciliar unidad-variedad? “Todo depende del plan”, Goethe. El plan es el encargado de dirigir la imaginación para que no se salga del camino y termine a donde quiera terminar. No tener plan es como dirigir los caballos sin rienda.
    Para escribir bien es preciso dominar plenamente el asunto; pensar en él lo bastante para descubrir el orden de los pensamientos y el enlazamiento consecuente de los mismos.
    Por interés de la obra, se entiende como el arte con que se coloca cada hecho en el sitio más conveniente. Para ello se necesita mucho tacto y reflexión: podar y seleccionar. “No basta que una cosa sea bella; es preciso que sea apropiada al asunto y que no tenga nada de más ni le falte nada”, Pascal.
  3. La elocución: trata del modo de expresarse. Una vez se tiene el plan y qué vamos a escribir, llega la hora de escribir. Albalat nos dice que no es bueno escribir todo lo que se nos ocurra y luego dejar lo que sirve, porque se repite lo dicho, la escritura pierde relieve y se cae en la vulgaridad.
  4. Las refundiciones: trata de los bosquejos necesarios para obtener un texto acabado, bello e indestructible.
    Una vez hemos escrito la primera versión de nuestro texto y la hemos dejado “enfriar” por un tiempo prudencial, viene el primer bosquejo. El objeto de este primer bosquejo es limpiar todo lo que le sobra al texto.
    En el segundo bosquejo, luego de dejar “enfriar” el texto nuevamente, se hace la misma operación que el primero. De un diamante en bruto se pule con objeto de dejar sólo lo que queremos. Puede pensarse en un tercer bosquejo si se considera necesario.
    La magia del estilo es la condensación, la fuerza o el ajuste, la originalidad, el relieve y la fluidez.
    Sabemos que hemos logrado un buen estilo cuando ya no es posible retocar más; una frase es definitiva cuando no se le puede rehacer. El límite de ese refuerzo es el límite del talento.
    La característica de lo bello es su indestructibilidad, no puede quitar una palabra sin desbaratar lo escrito.

Sobre la elocución

Albalat resume la elocución en dos procesos: narrar y describir.

El elemento clave de una narración consiste en la forma de tratar, coordinar y desarrollar la exposición. Se compone del planteamiento, nudo y desenlace.

  1. El planteamiento debe ser lo más breve posible, su objeto es hacer conocer al lector el asunto y los acontecimientos que serán relatados. “La exposición debe salir del asunto como una flor de su tallo”.
  2. El nudo representa la parte interesante de la narración. Tal interés debe ser permanente y crecer hasta encontrar el clímax, momento en el cual todo se pone más difícil para el protagonista o la situación.
  3. El desenlace engloba y culmina todo lo anterior porque allí es donde la acción se resuelve. Debe ser lo menos predecible y no se debe agregar nada que no aporte a la solución del asunto.

Por otro lado, la descripción es la pintura animada de los objetos. No es enumerar, es pintar; no es decir, es mostrar. Su objeto es hacer vivir las situaciones y los personajes a través de los detalles materiales y tangibles. Una buena descripción se resume en representar nuestra propia manera de ver el mundo. Albalat sostiene que saber describir es la diferencia entre un mal y un buen escritor.

Hay dos maneras de pintar del natural:

  1. La observación directa: la mejor descripción no es la que incluye más cosas, sino la que da la sensación más fuerte. El truco es no acumular detalles, sino buscar aquellos detalles o rasgos más sobresalientes, enérgicos y significativos.
    Coloca como ejemplo a seguir a Homero por su capacidad de condensación, dice mucho con muy poco. Por otro lado, ejemplifica aquella descripción que acumula, junta y desarrolla (Víctor Hugo, Zolá, entre otros).
  2. La observación indirecta: hay cosas que no están frente a los ojos o que no existen. Es necesario recurrir a la descripción por medio de la imaginación para dar vida a otros mundos o escenarios, pero siempre con evocación verosímil, una descripción jamás debe parecer imaginada.

En consecuencia con lo anterior, otro tema importante de análisis lo constituye las imágenes o las metáforas. Una metáfora es transportar una palabra de su significado propio a algún otro, en virtud a una comparación que hace el espíritu y que no se indica. La metáfora es una imagen resultante de una comparación tácita. Sin embargo, una imagen no siempre es una metáfora, también puede ser una comparación.

Por ejemplo, respecto a un personaje: “ese león se lanza” es diferente a “se lanza como un león”. La primera frase es una metáfora, mientras que la segunda es una comparación.

En términos generales, la metáfora es más fuerte que la comparación. La fuerza del estilo reside en las metáforas. No conviene abusar, pero tampoco hay que abstenerse. Siempre debe ser lo más breve posible. “Que cada pensamiento sea una metáfora” Buffon.

Es necesario evitar las imágenes o las metáforas bajo las siguientes condiciones:

  1. Cuando son imágenes forzadas, sin relación natural.
  2. Cuando están tomados de objetos bajos o repulsivos.

Gracias a las imágenes o a las metáforas se da cuerpo y color a las cosas más abstractas, presenta las cosas bajo los rasgos más enérgicos o graciosos, dota de relieve al texto.

¿Cómo puede llegar a encontrarse buenas imágenes y darles realce cuando no lo tienen? Básicamente, trabajo y refundición.

La primera condición es que debe ser original y en relieve. Se debe huir de los lugares comunes, evitar imágenes usadas o repetidas para no caer en la vulgaridad y en lo predecible.

Un procedimiento excelente para encontrar imágenes consiste en empujar las ideas, exagerarlas, exasperarlas. Por ejemplo, “Rugían su penitencia”.

Albalat nos insiste en que hay que ser exigentes en la calidad de las imágenes para evitar el mal gusto. Sólo debemos retener imágenes verdaderas; en lugar de solicitar la imaginación se impongan a ella. Nos recomienda leer: Chateaubriand, Bernardino de Saint-Pierre, Víctor Hugo y Laconte de Lisle.

Sobre el diálogo

Para Albalat, el diálogo es lo último que se aprende. En principio, el diálogo no puede estar escrito de la misma forma que la narración; debe ser concebido de otra manera: un estilo más corto y cortado. Se deben proponer giros y buscar la concisión como regla. Recomienda leer los Diálogos de Platón, los Tratados de los deberos de Cicerón, Moliére y Labiche. Junto a estos autores específicos recomienda la lectura de obras de teatro.

Sobre el estilo epistolar

Las mujeres tiene mayor sensibilidad que los hombres respecto a escribir cartas; no obstante, nosotros también podemos aprender. Las cualidades esenciales de una buena carta pasa por ser natural, abandonada; sin más pretensiones que expresar un sentimiento. No se debe buscar el brillo.

Hay que dejar correr la pluma y que ella exprese lo que sentimos, sin rebuscamientos. Lo principal al escribir una carta es saber qué se va a escribir; sobre la manera de expresión, no hay que preocuparse, háblese en voz alta y la expresión llegará sola. “El estilo es el hombre”, Buffon.

La mejor manera de aprender es leyendo muchas cartas: Mme. de Sévigné y Bossuet.

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