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Los Heraldos Negros, César Vallejo (1918)


Los heraldos negros se imprimió en el año 1918, aunque su distribución se hizo efectiva hasta el año 1919, debido a la espera del prólogo de su amigo Valdelomar, pero quien murió en aquellos meses. El libro tuvo una aceptable acogida por parte de los críticos y amigos de la época, el cual presenta una importante resonancia modernista. Se reconoce la importante influencia sobre Vallejo del modernismo, representado en las figuras de Darío y de Herrera y Reissig, influencia que ya habría de romper en su obra posterior.

Recordemos que el modernismo, en líneas generales, fue un movimiento literario y artístico comprendido entre 1880 (publicación de “Azul” de Ruben Darío) y la primera guerra mundial. El modernismo significó una ruptura con las formas tradicionales, así como de los valores burgueses y el cientifisismo. Significó una exaltación de lo subjetivo, lo irracional y los sentimientos humanos, así como la nostalgia por la infancia y los paraísos perdidos. La mujer como figura idealizada: bella, voluptuosa y a la vez cruel condena (representada en Salomé); el amor se constituye, así, en fatal y agónico.

De los 69 poemas que componen la obra, sobresale la presencia de sonetos, seguido de los poemas con rima asonante, algunos ocasionales y de rima libre. Asimismo, al uso predominante del endecasílabo siguen el alejandrino, el dodecasílabos y de arte menor.

Como nos lo deja entre ver el título, los poemas poseen un tema dominante y se refiere a los emisarios de la muerte. Pero la muerte no viene sola, pues hay una constante desazón y sentimiento de abandono, de orfandad en relación a Dios e incertidumbre. El amor, por su parte, busca llenar ese vacío pero termina en fracaso y decepción. Por ello, el poeta recurre al recuerdo de la infancia como refugio al abandono que supone el presente. En esa medida, es recurrente las evocaciones al pasado, la madre y la familia; siempre impregnados de religiosidad y erotismo, en un lenguaje coloquial, semirural y descarnado.

Asimismo, nos habla de lo nativo y lo cotidiano, incluso rompiendo con el anquilosamiento de las poesía de su tiempo, que no podía comprender que de lo cotidiano pudiera salir algo muy profundo, como se muestra en el siguiente verso:

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones                                                                                                                                                                                     de algún pan que en la puerta del horno se nos quema (1).

Hasta este momento, la poesía de Vallejo no rompe aún con las reglas gramaticales, característica de sus obras posteriores.

De este poemario rescato a título personal Los dados Eternos (2):

Dios mío, estoy llorando el sér que vivo; me pesa haber tomádote tu pan; pero este pobre barro pensativo no es costra fermentada en tu costado: ¡tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás t

Dios mío, estoy llorando el sér que vivo;                                                                                                                                                me pesa haber tomádote tu pan;                                                                                                                                                         pero este pobre barro pensativo                                                                                                                                                               no es costra fermentada en tu costado:                                                                                                                                                               ¡tú no tienes Marías que se van!
Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!
Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado.
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.
Dios míos, y esta noche sorda, obscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura

odas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado.
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios míos, y esta noche sorda, obscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura

*César Vallejo (2005). Antología poética. Madrid; Editorial Edaf S.A.

(1) Fragmento de Los heraldos negros, página 68 de la referencia.

(2) Poema publicado en Los heraldos negros, página 87 de la referencia.

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