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La religión es una pecera pequeña


Es comprensible que en tiempos antiguos la tierra pareciera el centro del Universo, con el sol y las estrellas girando a nuestro alrededor. Pero como sabemos, es una simple ilusión óptica, pues en realidad somos nosotros quienes giramos alrededor del sol, el cual gira a su vez alrededor de la galaxia, siendo ésta una entre billones de otras galaxias.

Similar sucede con el sentimiento religioso: la religión no engrandece el espíritu del hombre, sólo empequeñece su mundo. ¿Cómo determinar si un pez es grande o pequeño? Eso depende del tamaño de la pecera. De seguro el pez más insignificante es grande en una pecera pequeña, mientras que el más grande de los peces es minúsculo en el vasto océano. La religión es la pecera que genera la ilusión de grandeza sobre espíritus insignificantes.

Podemos identificar este “efecto pecera” de la religión en tres ámbitos: uno temporal, otro espacial y otro de significado:

  1. Si se cree en la Biblia, el mundo tiene alrededor de 6.000 años de existencia y se espera que termine en un tiempo menor. Nuestra expectativa de vida es menor a un siglo, pero en esta pequeña proporción parece ser significativa en la escala de tiempo, más cuando nos venden la promesa de la vida eterna. De igual forma, el Creador hizo al mundo en 6 días, lo cual establece una medida humana de tiempo.
  2. El Creador crea el mundo junto con sus límites, siendo el nuestro el centro de todo. Este concepto reducido de espacio empequeñece al mundo y nos hace ver más grande de lo que realmente somos.
  3. Por último, asumir que hay un Creador que nos observa da sentido a cada una de nuestras acciones. Entre todo lo existente, nos auto proclamamos la cúspide de la creación (los elegidos) y eso nos hace sentir especiales e importantes. Dios es humano, posee pasiones y pensamientos, se enoja, nos ama, nos condena, nos salva… y siendo Dios tan humano, eso nos da el título de ser sus hijos y, por ende, herederos de su creación.

Es decir, el universo infinito se reduce a escala humana. Las personas buscan la religión y ansían creer, porque ello les da una ubicación y un sentido al mundo que viven. Son miles los testimonios de una “nueva vida”, un “renacimiento”… En el fondo, lo único que han hecho con la religión es reducir el mundo, y a partir de allí, creer que son especiales y grandes. Es un acto humano de presunción y orgullo.

Todos los prejuicios que intento indicar aquí dependen de uno solo, a saber: el hecho de que los hombres supongan, comúnmente, que todas las cosas de la naturaleza actúan, al igual que ellos mismos, por razón de un fin, e incluso tienen por cierto que Dios mismo dirige todas las cosas hacia un cierto fin, pues dicen que Dios ha hecho todas las cosas con vistas al hombre, y ha creado al hombre para que le rinda culto (Spinoza, Ética, Apéndice Libro I, pág. 89).

Ahora, ¿qué tal si nos aventuramos de los límites de la pecera al vasto océano de lo infinito? Es un llamado para pocos, porque son pocos lo que son capaces de soportar el vacío infinito de lo real. El Universo (conocido) tiene 13 mil millones de años, y su existencia se extenderá por billones de años; nuestra vida es ridículamente insignificante. El universo conocido se extiende en todas direcciones en el infinito y no hay centro alguno; nuestra vida carece de sentido y de un lugar en dónde posar un inicio. El concepto de “Bueno” y “Malo” se diluye y pareciera que lo único que nos resta es el vacío.

Pienso que hay una zona gris entre la salida de la pecera (y de nuestra infancia) y el infinito. Esta zona gris es sin duda un abismo de angustia, pero una vez logramos atisbar la comprensión de lo absoluto la angustia tiende a desaparecer junto con nuestro ego. La comprensión es liberadora.

Ahora bien, cuando me refiero a la religión lo hago con especial énfasis en las religiones monoteístas (cristianismo, islam y judaísmo). Baste decir que si miramos las religiones politeístas de oriente, notamos una concepción del universo más cercana a la que realmente es. En ese sentido la espiritualidad oriental, contrario a la pecera, acerca al hombre hacia el conocimiento (y aceptación) de lo infinito.

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Spinoza, B. d. (1980). Ética demostrada según el orden geométrico. Buenos Aires: Orbis.

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Apéndice del Libro I de la Ética de Spinoza


Una vez terminamos de leer el Libro I de la Ética* (1677), con sus axiomas, demostraciones, corolarios y escolios, nos encontramos con su Apéndice, el cual está escrito con un tono discursivo fuerte y directo, en contraste con el estilo  moderado de la obra hasta ese momento.

Este Apéndice es, a mi parecer, un escrito contundente que nos deja ver con claridad la esencia de su pensamiento y de su obra. Es una crítica demoledora a la religión y de los prejuicios que impiden a los hombres comprender las causas y el orden de las cosas.

El Apéndice inicia con una síntesis de las conclusiones acerca de Dios, tema del primer libro de la Ética:

  • Dios existe necesariamente.
  • Dios es único.
  • Es y obra en virtud de la sola necesidad de su naturaleza.
  • Dios es causa libre de todas las cosas (y de qué modo lo es).
  • Todas las cosas son en Dios y dependen de él, sin él no pueden ser ni concebirse.
  • Todas las cosas han sido predeterminadas por Dios, no por su voluntad o capricho, sino en virtud de su naturaleza que es infinita potencia, tomada absolutamente.

Es a partir de esta definición inmanente de Dios que Spinoza construye su ética y su política. Al ser Dios la substancia de la que deriva todo por necesidad a su naturaleza, elimina la idea de un dios creador con voluntad y separado de su propia creación. Spinoza concluye que Dios es la Naturaleza misma que actúa por necesidad carente de todo fin [Deus sive natura].

El Apéndice tiene como propósito someter al examen de la razón los prejuicios que impiden entender la naturaleza expuesta de Dios por Spinoza. Es decir, se refiere a las ideas equivocadas que impiden entender lo demostrado por medio de la razón.

El principal prejuicio, y base de todos los demás prejuicios, es asumir por parte de los hombres que todas las cosas de la naturaleza actúan por razón a un fin, al igual que ellos mismos.

Por un lado, este prejuicio se debe a que todos nacemos ignorantes de las causas de las cosas, y por otro lado, que poseemos apetito de buscar lo que nos es útil, de lo cual sí somos conscientes. Es decir, ignoramos las causas pero actuamos siempre con un fin o utilidad (somos conscientes de nuestras voliciones y deseos pero ignoramos sus causas, creemos que somos libres pero no).

Spinoza nos advierte que es apenas comprensible que exista tal prejuicio. Respecto a nuestra vida y bienestar encontramos no pocos medios, tanto dentro de nosotros mismos (dientes, ojos, manos…) como fuera (ríos, animales, madera…). Consideramos entonces que todas las cosas de la naturaleza son medios para conseguir lo que nos es útil.

Pero asimismo, tales medios no los hemos creados ni organizados, solo los hemos encontrado. Así, es fácil creer que esos medios fueron creados y dispuestos por algún otro ser con el objetivo de ser usados por nosotros.

Pero los hombres nunca han tenido noticias de este otro ser, así que han juzgado su naturaleza a partir de la propia, asumiendo cultos a fin de que ese Dios o Dioses los amara más que a los otros, para que dirija la naturaleza en provecho de sus deseos y avaricia. Dios mismo tendría fines al crear a la naturaleza y al hombre para ser adorado.

Pero también encontramos desventajas en la naturaleza como sequías, inundaciones, terremotos y plagas que afectan tanto a píos como a impíos. Tales “males” se identifican con la ira de Dios o de los Dioses, por la ofensa de los hombres o a errores en el culto.

***

Una consecuencia de asumir que la naturaleza actúa con un fin es trastocar las causas por los efectos, asumiendo lo perfecto por lo imperfecto. Si Dios ha creado la naturaleza para crear algún fin propio es que carece de los mismos, con lo cual ya no sería perfecto. Por ejemplo, trabajamos con el propósito de obtener dinero y comprar una serie de artículos que necesitamos (y muchos otros que creemos necesitar), en tanto somos imperfectos y necesitamos de otras cosas para vivir.

Pero a pesar de la claridad del anterior argumento, quienes detentan la autoridad religiosa argumentan sobre la base de la ignorancia para probar lo contrario.

Y no debe olvidarse aquí que los secuaces de esta doctrina, que han querido exhibir su ingenio señalando fines a las cosas, han introducido, para probar esta doctrina suya, una nueva manera de argumentar, a saber: la reducción, no a lo imposible, sino a la ignorancia, lo que muestra que no había ningún otro medio de probarla. Pues si, por ejemplo, cayese una piedra desde lo alto sobre la cabeza de alguien, y lo matase, demostrarán que la piedra ha caído para matar a ese hombre, de la manera siguiente: Si no ha caído con dicho fin, queriéndolo Dios, ¿cómo han podido juntarse al azar tantas circunstancias? (y, efectivamente, a menudo concurren muchas a la vez). Acaso responderéis que ello ha sucedido porque el viento soplaba y el hombre pasaba por allí. Pero —insistirán— ¿por qué soplaba entonces el viento? ¿Por qué el hombre pasaba por allí entonces? Si respondéis, de nuevo, que el viento se levantó porque el mar, estando el tiempo aún tranquilo, había empezado a agitarse el día anterior, y que el hombre había sido invitado por un amigo, insistirán de nuevo, a su vez —ya que el preguntar no tiene fin—: ¿y por qué se agitaba el mar?, ¿por qué el hombre fue invitado en aquel momento? Y, de tal suerte, no cesarán de preguntar las causas de las causas, hasta que os refugiéis en la voluntad de Dios, ese asilo de la ignorancia. Así también, cuando contemplan la fábrica del cuerpo humano, quedan estupefactos, y concluyen, puesto que ignoran las causas de algo tan bien hecho, que es obra no mecánica, sino divina o sobrenatural, y constituida de modo tal que ninguna parte perjudica a otra (Spinoza, 1980, p. 93).

En conclusión, toda la argumentación religiosa se reduce a ignorar las causas para poner sobre estas a Dios. Hasta hace muy poco se ignoraba la naturaleza del rayo y durante mucho tiempo se consideró un fenómeno sobrenatural, obra de algún Dios furioso bien llamado Zeus, Thor o Jehová. Y así con todos los fenómenos de la naturaleza de los cuales se ignorara sus causas. Como vemos hoy día, quienes argumentan un creador del universo apoyan siempre sus afirmaciones en la ignorancia, en aspectos o vacíos que la ciencia no ha podido explicar aún. Pero a cada paso que da la ciencia se reduce aún más la ignorancia, y con ella la argumentación a favor de la voluntad de Dios. Tal como lo afirmara Spinoza: “la voluntad de Dios, ese asilo de la ignorancia”.

Y de aquí proviene que quien investiga las verdaderas causas de los milagros, y procura, tocante a las cosas naturales, entenderlas como sabio, y no admirarlas como necio, sea considerado hereje e impío, y proclamado tal por aquellos a quien el vulgo adora como intérpretes de la naturaleza y de los dioses. Porque ellos saben que, suprimida la ignorancia, se suprime, la estúpida admiración, esto es, se les quita el único medio que tienen de argumentar y de preservar su autoridad (Spinoza, 1980, p. 94).

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Otra consecuencia de asumir que los hombre son el fin de las cosas, es inventar nociones que intentan explicar la naturaleza de las cosas. Toman por realidades las afecciones de su imaginación, juzgando según la disposición de sus intereses.

Así, imaginan conceptos como “Bien”, “Mal”, “Orden”, “Caos”, “Calor”, “Frío”, “Belleza”, “Fealdad”… de acuerdo a lo que consideran que les es bueno o malo, feo o bonito. Asimismo, al creer que son libres hablan de “Pecado” o “Mérito”, de “Alabanza” o “Vituperio”. Todos estos juicios acerca de las cosas no son más que productos de su imaginación e ignorancia de sus causas.

Y es debido a que los hombres actúan con un fin que existen múltiples opiniones opuestas, como cabezas hay. Cada quien juzgará de acuerdo a cómo las cosas le afecten o le beneficien, como si esa fuera la razón de ser de las cosas y de la naturaleza.

***

Ahora bien, el Libro I de la Ética Spinoza explica la naturaleza inmenente de Dios y concluye que actúa no por voluntad a un fin sino por su solo necesidad, como ya vimos al inicio. En conclusión, Dios o la Naturaleza no actúa por un fin, son los hombres quienes por su ignorancia lo creen así.

Lo que resalta Spinoza en el Apéndice es el método o la forma de llegar a este conocimiento de Dios. Tal método sigue el orden de las matemáticas (de ahí el título completo de la obra: Ética demostrada según el orden geométrico). La matemática muestra otra norma de verdad que versa sobre esencias y propiedades de las figuras, no sobre fines. Permite dar cuenta de esos vulgares prejuicios y orientar al verdadero conocimiento, el cual entiende que la Naturaleza no actúa por fines sino por necesidad.

Más allá de una crítica de la religión, el pensamiento de Spinoza funda una nueva ontología con profundas implicaciones políticas, éticas y morales.

En términos morales desaparece el concepto de Bien y Mal, pues al carecer las cosas de un fin teleológico también carecen de la propiedad de ser juzgadas. Es decir, juzgamos algo de bueno o malo si se acomoda al fin del mismo. Por ejemplo, decimos que la papaya es “buena” en la medida en que cumple las funciones por la que la comemos, como satisfacer mi hambre, alimentarme y disfrutarla. Pero eso lo juzgamos siempre desde nuestros fines, aunque la papaya como cosa no “debe” o está obligada a cumplirlos. Más adelante Nietzsche tomará estos elementos para elaborar su propia filosofía.

En términos éticos ya nadie está obligado a vivir la vida en función de un fin preestablecido. Así, nuestra existencia al ser parte de la Naturaleza carece de un fin teleológico, lo que pone énfasis en el aquí y el ahora. El cristianismo asume que la vida del hombre tiene como fin la salvación, con lo cual su vida se debe regir por una serie de reglas y restricciones. Pero si entendemos que nuestra vida no tiene fin, sino que el sentido es ella misma, comprendemos que nuestra necesidad es lograr una vida feliz.

En términos políticos la autoridad pierde sus fundamentos. Al ser Dios inmanente y carecer de un fin no existen las jerarquías. No podemos decir que una cosa es mejor que otra, ni que un estilo de vida es preferible a otro porque se “acerque” o se “aleje” de Dios. En últimas, todas las cosas son modos o expresiones de Dios y como tal, nada es superior a nada. La política, por tanto, se restringe a conformar el Estado de tal manera que esté en función de permitir que cada uno de los individuos logre su felicidad, en un ambiente democrático y tolerante. Sigue leyendo

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